jueves, 18 de febrero de 2010

DIAS DE CINE

Aún con la resaca de la entrega de los premios Goya, pienso como a cambiado el cine desde mi infancia hasta ahora. Siempre he sido un gran aficionado al séptimo arte y reconozco que muchos de mis recuerdos de la infancia tienen como escenario los cines del barrio en el que me crié.
Recuerdo las sesiones matinales de los domingos en las que mis padres nos llevaban a ver películas en blanco y negro de Tarzán. A media sesión, la película se interrumpía y un vendedor subía al escenario para hacernos una demostración in situ de algún aparato novedoso como la lavadora portatil o el brazo mezclador. No recuerdo que nadie comprara nunca nada, pero imagino que cuando lo organizaban tendría su motivo.
También recuerdo las noches de verano en las que al aire libre se proyectaban películas de Louis de Funes o de Fantomas. Mi madre iba cargada con una cesta con bocadillos, refrescos (en botella de litro), algo de bollería y mi padre fumaba tirando la ceniza sobre una alfombra de cascaras de pipas. Eran programas dobles y entre película y película, había un descanso de unos quince minutos en los que, ambientados con música de Pérez Prado, en pantalla nos sugerían con un cartel sobreimpresionado "Visite nuestro bar".
Al terminar la sesión, los niños corriamos a casa adelantandonos a nuestros padres para llegar a los columpios ubicados en una pequeña plaza. Eran columpios de hierro oxidado y la mayoría de ellos rotos, pero servían para el uso que haciamos de ellos.
Más selecto era el cine San Blas. Tan sólo se proyectaba una película y recuerdo que un muchacho vestido con chaquetilla blanca y un baúl rojo colgado del cuello, vendía bombones helados "sin palo". Pocas eran las veces que nuestros padres accedían a comprarnos uno pues al parecer el precio era excesivo.
Llegada la adolescencia, los cines servían de refugio para iniciarnos en el arte de la seducción. Primero era necesario pasar el filtro del inspector que a la entrada pedía los carnets a aquellos que no aparentaban tener la edad marcada para la sesión. Si se conseguía burlar al inspector, quedaba el acomodador que con su linterna se dedicaba a enfocar y expulsar de la sala a aquellas parejas sorprendidas en actitud indecorosa.
De aquella época recuerdo grandes películas como Enmanuelle que se convirtió en la diosa del onanismo para toda una generación o El último tango en París y su famosa escena de la mantequilla de la que todo el mundo hablaba pero nadie había conseguido ver. El cartero siempre llama dos veces haciendo honor a su nombre me obligó a verla dos veces, porque la primera cortaron la proyección en un momento dado y la gente nos levantamos y nos fuimos pensando que había terminado y sin comprender el final. Fué años mas tarde cuando la volví a ver y comprendí lo que había pasado.
Luego el cine cambió y llegaron las sagas de la guerra de las galaxias, Indiana Jones, etc., y con ellas las salas de barrio fueron cerrando y dejando paso a los multicines y grandes superficies de ocio en las que actualmente se ubican.
Ahora todo el mejor. Las salas son comodisimas. Los avances técnicos nos permiten ver películas en tres dimensiones y los filmes son de mejor calidad técnica y artística. Sin embargo, particularmente, ese bocadillo, ese cigarro y sobre todo, ese bombón helado, se han perdido y con ellos, parte del romanticismo que envolvía un día de cine. O quizá me esté haciendo viejo.

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